Desde hace varias ediciones nos hemos abocado a recrear alguna de las grandes ciudades visitadas en nuestro paso por Europa, ahora nos detendremos en aquellos lugares que, más allá de su belleza, marcaron el rumbo de la historia de la humanidad. Son sitios donde cada piedra guarda un relato y donde el pasado continúa dialogando con el presente. El primero de ellos es el Foro Romano. Frente a sus ruinas, es imposible no imaginar el esplendor que alguna vez tuvo este espacio. Allí, donde hoy permanecen columnas, templos y antiguos caminos de piedra, latió durante más de mil años el corazón de la antigua Roma. Fue el centro político, religioso, judicial y comercial del Imperio, el lugar donde se debatían las leyes, se administraba la justicia, se realizaban ceremonias religiosas y se celebraban los triunfos militares de los emperadores.
El Foro comenzó a desarrollarse hacia fines del siglo VII antes de Cristo. Hasta entonces era un valle pantanoso que fue drenado mediante la construcción de la Cloaca Máxima, una extraordinaria obra de ingeniería para su época. A partir de allí comenzó a crecer hasta convertirse en el escenario donde se escribieron algunos de los capítulos más importantes de la civilización romana.
Caminar hoy por la Vía Sacra, observar los restos del Templo de Saturno, la Curia donde sesionaba el Senado o los grandes arcos triunfales permite comprender que Roma no fue solamente una ciudad monumental: fue el centro de un imperio cuya organización política, su derecho, su arquitectura y su cultura siguen influyendo en el mundo actual.
A menudo el Coliseo concentra toda la atención de quienes visitan Roma. Sin embargo, es en el Foro Romano donde realmente puede entenderse cómo funcionaba aquella inmensa civilización. Si el Coliseo simboliza el espectáculo, el Foro representa el poder, las instituciones y la vida cotidiana de una sociedad que dejó una huella indeleble en la historia. El Foro Romano forma parte del Patrimonio Mundial de la UNESCO, aunque no de manera independiente. Está incluido dentro del sitio denominado “Centro Histórico de Roma”, junto con el Coliseo, el Monte Palatino y otros monumentos históricos de la ciudad, reconocimiento otorgado en 1980 y ampliado posteriormente. Todo ese extraordinario conjunto arqueológico integra el patrimonio cultural de la humanidad.
Más que un conjunto de ruinas, el Foro Romano es un verdadero libro de historia al aire libre. Recorrerlo es comprender dónde se gestaron ideas, instituciones y formas de organización que aún hoy forman parte de la cultura occidental. En ese lugar la historia dejó de ser un relato para transformarse en una experiencia.

Para volver a mirar la historia
En otros tiempos, la historia ocupaba un lugar más profundo en nuestra formación. En las aulas se recorrían con mayor detenimiento los hechos, los personajes y las civilizaciones que fueron dando forma al mundo en que vivimos.

Hoy, en medio de un tiempo cada vez más vertiginoso y de tantos nuevos conocimientos que reclaman nuestra atención, ese pasado puede quedar relegado.
Por eso, detenernos frente a las ruinas del Foro Romano es también una invitación a volver sobre la historia. No solo para descubrir qué significan esas piedras que aún permanecen en pie, sino para imaginar la vida, las luchas, las ideas y las decisiones que tuvieron lugar allí. Este pequeño recorrido por sus orígenes busca, justamente, recrear algo de aquel pasado y recuperar el valor de conocerlo para comprender mejor nuestro presente.
Entre los siglos X y VII a. C., el desolado valle pantanoso del Foro sirvió de cementerio para las primeras aldeas que se asentaron en las colinas circundantes. Según lo registrado por Tácito, no solo esta vasta llanura albergaba el Foro, sino también la colina Capitolina, que fue unida por Tito Tazio para formar lo que se conoció como el cuadrilátero de Rómulo (colina Palatina). Los escritores antiguos, entre ellos Tito Livio, relatan que poco después de la fundación de Roma, tuvo lugar una gran batalla entre los romanos y los sabinos en el lugar donde se iba a construir el Foro: se conoce como la batalla del lago Curcio.
Los principales participantes en este conflicto fueron la virgen vestal Tarpeia, hija de Spurio Tarpeio, que comandaba una fortaleza romana cercana. Tras ser sobornada con oro por Titto Tazio, convenció a un grupo de hombres armados para que entraran en su fortaleza en la colina Capitolina. Los sabinos se apoderaron de esta fortificación y así ambos ejércitos pudieron reunirse al pie de dos colinas (el Palatino y el Capitolino, donde más tarde se levantó el Foro Romano). Ambos generales tuvieron tiempo para organizarse para la guerra: Mevio Curzio para los sabinos y Osto Ostilio para los romanos. Rodeado de montañas, el campo de batalla no dejaba ningún camino para un ejército ni espacio para perseguir al enemigo en fuga. Fue durante esta batalla cuando Rómulo, al ver que sus tropas se retiraban, hizo un voto a Júpiter: si salía victorioso, le construiría un templo en el lugar donde hoy se encuentra el Foro Romano.
Cuenta la tradición que se lanzó al centro de la batalla y, con un esfuerzo extraordinario, cambió el rumbo de la jornada a su favor, tomando posesión de las ruinas de Regia y del templo de Vesta. El primero se construyó unos años más tarde. Entonces, las mujeres, aquellas mujeres sabinas que habían sido secuestradas anteriormente por los romanos, se lanzaron al campo de batalla con lanzas contra el campamento enemigo. Intentó dividir a los dos bandos y calmar su ira. Este gesto condujo a un tratado de paz, creando una alianza interétnica que unió a dos reinos y transfirió el poder de decisión a Roma.
El lago cercano al Foro Romano se llama Lago Curcio en honor a esta batalla y al comandante sabino Mevio Curcio, que escapó por los pelos de la muerte. El Imperio romano no se constituyó plenamente hasta alrededor del 600 a. C. En el siglo IV a. C., durante el reinado del rey etrusco Tarquino Prisco, se drenó el valle y se construyó la Cloaca Máxima, pavimentada con toba. Este foro rectangular, situado en el corazón de la ciudad, era considerado tanto un mercado como el centro de la vida política y jurídica. Estaba atravesado por muchas vías importantes, la más importante de las cuales era la Vía Sacra, que iba desde las laderas de la colina Capitolina hasta el Arco de Tito.